viernes, 22 de abril de 2011

¿Casualidad...?

Los sismólogos debaten sobre si el reciente aumento de megaterremotos es una casualidad estadística o algo más.

Empezando a finales de 2004, ha sacudido el mundo una oleada de terremotos masivos generadores de tsunamis, el primero impactando en Indonesia, luego Chile y más recientemente en Japón. Los temblores de esa magnitud son realmente raros: Sólo 7 terremotos de 8,8 o mayores – la magnitud del evento chileno del pasado febrero – han tenido lugar desde 1900.


Terremoto en San Francisco


Entonces, ¿qué significa que tres de esas siete sacudidas hayan tenido lugar en un lapso de casi seis años? Aunque algunos científicos defienden que estos ‘megaterremotos” podrían ser la avanzadilla de un estallido de potentes eventos sísmicos, muchos otros sugieren que el aparente cúmulo de recientes temblores no es más que una casualidad estadística.

El reciente aumento de grandes terremotos es notablemente similar a una acumulación que tuvo lugar a mitad del siglo pasado, dice Charles Bufe, sismólogo retirado del Estudio Geológico de los Estados Unidos (USGS) en Denver, Colorado. Los eventos sísmicos en esa supuesta agrupación, constaron de 3 de magnitud 9 o superior que golpearon Kamchatka, Chile y Alaska en un intervalo de 12 años. Las posibilidades de que terremotos tan grandes sucedan de forma aleatoria dentro de un intervalo de tiempo tan corto es de apenas un cuatro por ciento, señala Bufe hoy en la reunión anual de la Sociedad Sismológica de América en Memphis, Tennessee.

En una actualización de un análisis publicado por primera vez en junio de 2005, Bufe y su colega David Perkins, geofísico del USGS también en Denver, defienden que la ronda más reciente de grandes temblores puede marcar el inicio de un nuevo estallido global de megaterremotos. De acuerdo con su modelo, dice Bufe, la probabilidad de que se suceda otro terremoto de magnitud 9 o superior en los próximos 6 años es del 63 por ciento. “Ahora hay una situación de mayor peligro para estos grandes terremotos”, apunta.

Es una ominosa advertencia considerando la información de los científicos sobre las fuerzas monumentales bajo el terremoto de 9,0 de Tohoku, el cual llevó a la devastación de Japón el pasado 11 de marzo. En la reunión, los investigadores revelaron que la sacudida principal fracturó un interfaz sísmico anteriormente bloqueado de más de 250 kilómetros de largo y 175 kilómetros de ancho. Aunque la mayor parte de la energía del terremoto se liberó en los primeros dos minutos, varias réplicas - muchas de ellas de magnitud 6,4 o mayor – tuvieron lugar en los 20 minutos posteriores. Juntos, el temblor y sus réplicas fracturaron áreas que habían sido deslizadas anteriormente en cinco terremotos distintos, dicen los investigadores. Como resultado, toda la parte norte de Honshu, la isla más grande de Japón, se movió un metro hacia el este, con una zona cerca del epicentro del temblor deslizándose 5,4 metros horizontalmente y hundiéndose 1,1 metros – una súbita bajada que agravó el daño procedente del tsunami que impactó en la costa minutos más tarde.

Aunque el aparente agrupamiento de tales megaterremotos, incluyendo los eventos recientes de Indonesia, Chile y Japón pueden tenerse en cuenta sin un vínculo directo, dicen varios científicos. “Cuando se llevan a cabo pruebas estadísticas, a menudo pueden lograr números que suenan interesantes”, dice Richard Aster, geofísico del Instituto de Nuevo México de Minas y Tecnología en Socorro. En este caso, sugiere, el agrupamiento podría proceder de una estadística con un tamaño de muestra pequeño. Desde 1900, ha habido sólo 14 terremotos de magnitud mayor de 8,5. Y aunque la sismología moderna sólo tiene apenas poco más de un siglo, los procesos tectónicos que generan los grandes terremotos se desarrollan a lo largo de cientos o miles de años, añade.

Buscando patrones

En un análisis distinto, Andrew Michael, sismólogo de USGS en Menlo Park, California, escrutó las bases de datos de grandes terremotos buscando pruebas de agrupamiento. En lugar de usar un único umbral para la magnitud de terremotos, llevó a cabo varios análisis estadísticos usando distintos umbrales de magnitud, buscando patrones en los terremotos a lo largo de varios intervalos variando en duración desde meses a años – y no encontró nada. “He llevado a cabo un gran número de pruebas y no he podido encontrar ninguna razón para rechazar la idea de que el agrupamiento es aleatorio”, dice.

Esto no significa decir que los grandes terremotos no estimulan una posterior actividad sísmica. Apenas cuatro meses después de que el terremoto de diciembre de 2004 sacudiese Indonesia, un temblor de magnitud 8,6 tuvo lugar justo bajo la costa – el resultado, dicen los científicos, de la redistribución de la tensión de la corteza terrestre en el primer terremoto. Normalmente, la cantidad de tal desplazamiento de tensión está limitada a la región inmediata, dice Aster. Aunque hay pruebas de que los movimientos del terreno inducidos por grandes temblores dispararon pequeños terremotos a miles de kilómetros de distancia, no hay signos de que tal disparo tuviese lugar para los grandes terremotos, añade.

La investigación publicada online el 27 de marzo en Nature Geoscience refuerza estas ideas. Tom Parsons, también sismólogo de USGS en Menlo Park, y su colega Aaron Velasco, de la Universidad de Texas en El Paso, analizaron la base de datos de terremotos de USGS para ver si los temblores de magnitud 7 y superiores podrían haber disparado terremotos de grado medio en otras partes del mundo. Entre 1979 y 2009, los sismómetros registraron 205 terremotos con magnitudes por encima de 7, señala Parsons. Aunque muchos de esos terremotos dispararon réplicas locales en el día después del evento inicial, aproximadamente, Parsons y Velasco encontraron que no había una correspondencia en el incremento de la frecuencia de terremotos lejanos con magnitudes entre 5 y 7.

El análisis del equipo también sugiere que la redistribución de la tensión cerca de las fallas tras un gran terremoto está limitada a distancias desde el epicentro no mayores a dos o tres veces la distancia fracturada por el terremoto original. Esto, dice Parsons, indica que incluso los megaterremotos no deberían disparar grandes terremotos a más de un par de miles de kilómetros de distancia.

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